Homilía del 19° domingo del tiempo ordinario (07 de agosto de 2016)

            Estamos ya de lleno en el mes del matrimonio y de la familia. ¿Qué nos dice hoy la Palabra de Dios sobre el matrimonio y la familia?

            La primera lectura se refiere a la experiencia que vivieron los antepasados de Israel, Moisés y el pueblo hebreo, en Egipto y en el desierto. Aquí en Honduras nuestros abuelos y nuestros padres tenían mucha religiosidad popular: devoción a los santos, fiestas patronales, rezos a los difuntos, etc. Tal vez no conocían la Biblia: nosotros tenemos la dicha de conocerla por la Celebración de la Palabra, por los cursos bíblicos y por los grupos apostólicos. Pero nuestros abuelos y nuestros padres nos legaron unos valores humanos y cristianos sólidos que nos permiten vivir como buenos ciudadanos y buenos cristianos. Tenemos que agradecerles por habernos legado estos valores, en especial la fe cristiana. Gracias a ustedes, abuelos y padres!

            La segunda lectura nos muestra unos modelos de fe: Abrahán y Sara. Para ellos tener fe quería decir obedecer a la voluntad de Dios. Y la voluntad de Dios era que dejaran su patria, para recibir en heredad la tierra que Dios les iba a dar. Y salieron sin saber a dónde iban. Pusieron toda su confianza en Dios. Hicieron un cheque en blanco para que Dios lo firmara. Y la fe les permitió realizar muchas cosas: vivieron como extranjeros, habitando en tiendas como beduinos, en la tierra prometida; esperaron que Dios les iba a dar un hijo a pesar de que habían pasado la edad de tener hijos; luego Abrahán ofreció a su hijo único, Isaac, a Dios, pensando que Dios tiene poder hasta para resucitar muertos. En el matrimonio y en la familia hay muchas pruebas. Pero cuando existe la fe y el amor, las pruebas pueden ser superadas, por lo menos encuentran caminos de solución.

            La familia cristiana debe sentirse como lo que expresa el salmo responsorial: "Dichoso el pueblo a quien Dios escogió como heredad". Creemos que los hijos son un regalo de Dios. Pero también sabemos que Dios es el Señor de todos nosotros, y que Él nos da a los hijos en préstamo por un tiempo. No debemos ser padres posesivos, sino educar a los hijos en la libertad y la responsabilidad. No podemos reclamarle a Dios cuando Él llama a los hijos al matrimonio, a la vida consagrada o al sacerdocio. No podemos reclamarle cuando Dios llama a nuestros padres a la casa del Padre celestial.

            El evangelio de hoy es una llamada del Señor a ser serviciales y vigilantes. "Tengan ceñida la cintura y encendidas las lámparas". Tener ceñida la cintura quiere decir andar en ropa de trabajo, estar siempre preparados para trabajar, ser vigilantes y atentos a Dios y a los demás, siempre disponibles para el servicio. Servir a Dios y a los demás, y servir a la Iglesia es algo que está al alcance de la mano, cuando uno está convencido que el Señor vale más que los bienes materiales. "Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón".

            "Tener encendidas las lámparas": las lámparas están ardiendo, irradiando luz por toda la casa. Permanecer dentro de la casa con las luces encendidas también es una imagen de disponibilidad para el servicio a cualquier hora. Aquí pienso en el papel irremplazable de los padres de familia: conocer a cada uno de sus hijos personalmente, con su carácter propio, sus fuerzas y sus debilidades; amar a todos sus hijos por igual; estar dispuestos a escucharlos siempre. Otro campo en que cada uno puede y debe ejercer la vigilancia es en el uso de los medios de comunicación social, en especial de las redes sociales. Este campo inmenso que nos ofrece la ciencia y la técnica moderna es un arma de doble filo: puede ayudarnos muchísimo a ampliar nuestros conocimientos y nuestra comunicación; pero puede también contribuir a perdernos, por ej. en la pornografía, en el bullying o en la simple adicción: la gente que pasa su día en el internet, pero no es capaz de comunicarse con los demás.

            El Señor nos lo dice: "Ustedes estén como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda para abrirle apenas venga y llame". Debemos dedicar tiempo a relacionarnos con el Señor y con los demás, con la lámpara del corazón ardiendo y siempre con la mejor disposición para servir a todos.

            Que la participación en esta Eucaristía fortalezca nuestra vida familiar, para continuar la hermosa misión que el Señor nos ha encomendado como matrimonios y como familia.

Seminario Menor Pablo VI