Homilía del 23° domingo del tiempo ordinario (04 de septiembre de 2016)

            El Evangelio de San Lucas que acabamos de leer nos lleva hoy a dar un nuevo paso en nuestra formación como discípulos de Jesús. Nuestra conversión como  discípulos de Jesús se realiza según el modelo del corazón misericordioso del Padre.

            El primer paso en el discipulado es la respuesta al llamado del Señor. Él nos exige dos cosas si queremos ser sus discípulos.

            La primera exigencia es que Jesús debe ser nuestro primer amor. Cuando una persona tiene un encuentro vivo con Jesús, tiene que replantearse los grandes amores de su vida: el amor a su papá, su mamá, su esposa, sus hijos, sus hermanos y hermanas, hasta su propia vida. "Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre..., no puede ser mi discípulo". Hay que priorizar a Jesús por encima de los afectos y los lazos familiares. También Jesús aplica este principio a los bienes materiales: "Cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo". Para poder ser discípulo de Jesús hay que ponerlo a Él en el centro de todo y amarlo más que a todos. Hay que poner a su servicio todo lo que tenemos y todo lo que somos.


            La segunda exigencia es que tenemos que identificarnos con Jesús crucificado: "El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo". Tenemos que liberarnos del ansia de poder. Quien quiera seguir a Jesús deberá considerar la posibilidad de asumir su mismo destino, de entregar su propia vida como testimonio, de imitar su ejemplo de humildad y de servicio.
            Jesús no nos invita a descuidar u olvidar a nuestra familia. Sí nos invita a unirnos como familia al servicio de él, de la Iglesia y de la sociedad.

            Seguir a Jesús implica un discernimiento: hay que pensarlo bien. Es lo que Jesús ilustra con dos parábolas: el hombre que construye una torre y el rey que se prepara para la guerra. Para seguir a Jesús, hay que sentarse a reflexionar, hay que deliberar para que nuestra decisión sea plenamente consciente y consecuente, porque abarca toda nuestra vida. No podemos volver atrás. Jesús no es un amor al lado de los otros, es el Amor de todos los amores.

            En su carta a Filemón, san Pablo nos brinda una consecuencia concreta del seguimiento de Cristo, y las necesarias renuncias a los propios bienes. Por haberse hecho cristiano, Onésimo ha dejado de ser un esclavo de Filemón para ser un hermano de él. Pablo le pide a Filemón: "Si me consideras compañero tuyo, recíbelo a él (Onésimo) como a mí mismo".

            De forma especial en este domingo en que celebramos el Día Nacional del Migrante, recordemos en nuestra oración a tantos familiares y compatriotas nuestros que tomaron la ruta de la migración. Tengamos presentes también a muchos hermanos de otros países que pasan por nuestro país en la ruta hacia los Estados Unidos.

            El mensaje del Papa para este día se titula: "Emigrantes y refugiados nos interpelan. La respuesta del Evangelio de la misericordia". Llamo a cada uno de ustedes a preguntarse: como discípulo misionero, ¿qué actitud tengo ante esta realidad de los migrantes, desplazados y refugiados? ¿He dado de mi tiempo para escuchar a un migrante que pasa por mi ciudad o mi pueblo? ¿Promuevo la solidaridad y la fraternidad combatiendo la discriminación, o soy de las personas que juzgan, discriminan y condenan a los migrantes?

            Es bueno recordar las palabras de Jesús en el juicio final: "Era forastero y me recibieron... Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo" (Mt 25,35.40). Acoger a un extranjero es una obra de misericordia. ¿Qué es lo que hago para desterrar el miedo al migrante, para dirigirle una sonrisa, para prestarle una ayuda?

            Hago también un llamado a las autoridades de Migración, para que agilicen el trámite para darles un salvoconducto a los migrantes extranjeros que están en el país. Ellos sufren cuando tienen que esperar muchos días para una firma que les permite transitar por el país y salir a otro país.

            Hoy ha tenido lugar la canonización de la Madre Teresa de Calcuta, dentro del Año de la Misericordia. El Papa ha dicho hoy en su homilía: "La misericordia ha sido para ella la «sal» que daba sabor a cada obra suya, y la «luz» que iluminaba las tinieblas de los que no tenían ni siquiera lágrimas para llorar - para llorar - su pobreza y sufrimiento... Hoy entrego esta emblemática figura de mujer y de consagrada a todo el mundo del voluntariado: que ella sea su modelo de santidad”. Que ella sea nuestro modelo de santidad y de caridad. 

            En esta Eucaristía acojamos al Señor Jesús que no encontró lugar en la posada para nacer, que tuvo que refugiarse con María y José en Egipto por la persecución de Herodes y que durante su vida pública no tenía donde reclinar su cabeza. Y que nuestro culto al Señor se traduzca en actitudes concretas hacia nuestros hermanos migrantes.

Seminario Menor Pablo VI