Homilía del 24° domingo del tiempo ordinario (11 de septiembre de 2016)

            La liturgia del día de hoy nos habla de la misericordia de Dios.

            En la primera lectura, vemos que el pueblo de Dios en el desierto cayó en la idolatría, adorando un becerro de oro. Este acto infame provocó la ira de Dios, que pensó en aniquilar a su pueblo. Pero la intercesión de Moisés tocó su corazón. Dios es fiel a su juramento y se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo, y le perdonó, le dio otra oportunidad de responderle con amor.

            El salmo responsorial, salmo 50, es el salmo de David que se arrepiente de su pecado y suplica la misericordia de Dios: "Misericordia, Dios mío, por tu bondad; por tu inmensa compasión borra mi culpa".  Y Dios le perdonó a David los dos pecados gravísimos que había cometido: el adulterio y el homicidio.

            En la segunda lectura, tomada de su primera carta a Timoteo, san Pablo da un testimonio de su experiencia personal de haber sido tratado con misericordia. "Yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un violento. Pero Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente y no sabía lo que hacía. Dios derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor cristiano". Con Pablo podemos decir: fuimos tratados con misericordia. En medio de nuestros pecados, nuestros límites, nuestras miserias; en medio de nuestras múltiples caídas, Jesucristo nos vio, se acercó, nos dio su mano y nos trató con misericordia. ¿A quién? A mí, a Ud., a todos. Cada uno de nosotros podrá hacer memoria, repasando todas las veces que el Señor lo vio, lo miró, se acercó y lo trató con misericordia. Todas las veces que el Señor volvió a confiar, volvió a apostar por nosotros. Y eso es lo que Pablo llama doctrina segura: fuimos tratados con misericordia. Y es ese el centro de su carta a Timoteo.

            En este contexto jubilar, cuánto bien nos hace volver sobre esta verdad, repasar cómo el Señor a lo largo de nuestra vida se acercó y nos trató con misericordia, poner en el centro la memoria de nuestro pecado y no de nuestros supuestos aciertos, crecer en una conciencia humilde y no culposa de nuestra historia de distancias y volver a maravillarnos de la  misericordia de Dios. Esa es palabra cierta, es doctrina segura y nunca palabrería.

            El texto del Evangelio es extraordinario. El contexto es provocador: Jesús deja que los publicanos - los cobradores de impuestos que trabajan por el imperio romano - y los pecadores se acerquen a él. En cambio, los fariseos y los letrados se escandalizan y murmuran entre ellos: "Ese acoge a los pecadores y come con ellos". Comer con alguien significa compartir con él. ¿Será que Jesús quería compartir el pecado de esos pecadores? Es aquí que Jesús cuenta las tres parábolas de la misericordia. La conclusión de las dos primeras nos muestra cuán grande es la alegría de Dios que perdona: "Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse".

            La parábola del hijo pródigo nos muestra realmente cómo es el corazón de Dios: es el corazón de un Padre misericordioso, de un Padre que nos revela el amor único e incondicional por su hijo pecador. "Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo". Y hace fiesta y dice el por qué: "Este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado". También el Padre invita al hijo que se consideraba justo para que reconozca al hijo menor como hermano.

            Al ver actuar a Dios así, nos puede pasar lo mismo que al hijo mayor de la parábola del Padre Misericordioso: escandalizarnos por el trato que tiene el padre al ver a su hijo menor que vuelve. Escandalizarnos porque le abrió los brazos, porque lo trató con ternura, porque lo hizo vestirse con los mejores vestidos cuando estaba tan sucio. Escandalizarnos porque al verlo volver, lo besó e hizo fiesta. Escandalizarnos porque no lo castigó sino que lo trató como lo que era: su hijo. 

            Nos empezamos a escandalizar cuando aparece el "alzheimer espiritual", como nos dice el Papa Francisco; cuando nos olvidamos cómo el Señor nos ha tratado, cuando comenzamos a juzgar y a dividir la sociedad. Nos invade una lógica separatista que sin darnos cuenta nos lleva a fracturar más nuestra realidad social y comunitaria.

            Fracturamos el presente construyendo «bandos». Está el bando de los buenos y el de los malos, el de los santos y el de los pecadores. Esta pérdida de memoria nos va haciendo olvidar la realidad más rica que tenemos y la doctrina más clara a ser defendida. ¿Cuál es esta realidad y esta doctrina? Esta es: siendo nosotros pecadores, el Señor no dejó de tratarnos con misericordia. Pablo nunca dejó de recordar que él estuvo del otro lado, que fue elegido el último, como el fruto de un aborto. La misericordia no es una «teoría de moda»: ahora estaría de moda hablar de misericordia por este jubileo. No, no es una teoría para que la gente aplauda nuestra condescendencia, sino que es una historia de pecado que recordar. ¿Cuál historia? La nuestra, la mía y la suya. Y un amor que alabar. ¿Cuál amor? El de Dios, que me trató con misericordia.

            La parábola del Padre misericordioso vuelve a invitarnos con fuerza a ser misericordiosos como el Padre, para no quedarnos fuera protestando porque Jesús hace fiesta con los pecadores.

            El Dios de Moisés, de Jesús y de Pablo genera un movimiento que va del corazón a las manos, el movimiento de quien no tiene miedo a acercarse, que no tiene miedo a tocar, a acariciar; y esto sin escandalizarse ni condenar, sin descartar a nadie. Una acción que se hace carne en la vida de las personas.

            En esta Eucaristía es Dios mismo el que se acerca a nosotros, nos recibe con un abrazo de misericordia y nos ayuda a renovar nuestra vida. Abramos nuestro corazón y recibamos su misericordia. Y al  volver al hogar, al trabajo y a las amistades, llevemos siempre el abrazo y realicemos las obras de misericordia que Dios nos pide hacer.

Seminario Menor Pablo VI