Homilía del 25° domingo del tiempo ordinario (18 de septiembre de 2016)

            Esta semana he participado en Valle de Ángeles en un seminario latinoamericano sobre los migrantes, refugiados y víctimas de trata de personas. Es una realidad que me dejó boca abierta y que tocó mi corazón: en el mundo entero y en América Latina, las cifras de los migrantes están en aumento. Tuvimos tres testimonios de personas que han vivido una experiencia traumática: una señora de Honduras que se fue hacia los Estados Unidos y que fue esclavizada a servir en un bar en México; luego fue liberada pero el tren de la Bestia le amputó las dos piernas; un señor de Honduras que fue deportado desde México, no sin haber perdido una pierna en el tren; una señora de Colombia que pasó 38 meses presa de las Farc. Tanto mal grita al cielo. ¿Dónde estaba Dios en todo esto? Pero Dios estaba caminando con ellos. Los tres nos dijeron que su fe en Dios los sostuvo en todas las pruebas por las que pasaron. Hoy están dando  testimonio de su fe: además siguen trabajando para sostener a su familia.

            Les cuento esto porque he sido impresionado por esta realidad; sólo en Honduras hay 174,000 personas que han sido desplazadas a causa de la violencia. Me pregunto: ¿cómo puede suceder esto en un continente cristiano, en su mayoría católico?

            La Palabra de Dios hoy nos da unas pistas para responder a esta pregunta. 800 años antes de Cristo, la sociedad israelita estaba muy dividida entre ricos y pobres. Surgió el profeta Amós y en nombre del Señor denunció a los poderosos que oprimían a los pobres, despojaban a los miserables, falsificaban las balanzas en el mercado, compraban por dinero al pobre. El profeta termina su predicación diciendo: "Jura el Señor por la gloria de Jacob que no olvidará jamás sus acciones". Dice lo mismo hoy el Papa Francisco en referencia a la sociedad mercantilista que produce tantos excluidos, desechados y descartados.

            Hoy sigue siendo cierta la afirmación del salmista: "Alaben al Señor, que ensalza al pobre". "El Señor levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre para sentarlo con los príncipes, los príncipes de su pueblo". Los verdaderos pobres no son gente pasiva, desechos de la sociedad. Tienen su dignidad, luchan por sobrevivir, nos enseñan con su generosidad y su solidaridad y muchas veces son personas de mucha fe.

            En la segunda lectura, estamos invitados a alzar la mirada al cielo. ¿Qué es lo que Dios quiere? "Quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad". Dios es nuestro Padre misericordioso. Todos somos sus hijos. Nos ofrece la salvación a través de su Hijo Jesucristo, el mediador entre Dios y los hombres. Si todos los bautizados fuéramos más conscientes que somos hijos de Dios, viviríamos en armonía en la sociedad. San Pablo nos exhorta a ello diciéndonos: "Encargo a los hombres que recen en cualquier lugar alzando las manos limpias de ira y divisiones". La oración nos lleva a considerar al otro no como un enemigo, sino como un hermano; nos apacigua, nos hace reconocer también nuestros pecados, nuestras fallas.

            En el evangelio, Jesús nos cuenta la parábola del administrador astuto, que corrompe a los demás para ganarse amigos. Su enseñanza es que tenemos que ganarnos amigos con el dinero injusto, para que, cuando falte, nos reciban en las moradas eternas. Nos enseña a compartir con los más necesitados lo poco o lo mucho que tenemos. Por cierto necesitamos dinero para cumplir nuestras múltiples responsabilidades familiares. Pero no podemos "servir" al dinero. No podemos ser esclavos del dinero. Cuando el dinero se convierte en un ídolo para nosotros, entonces nuestra vida queda trastornada. Caemos en la espiral de la explotación, de la injusticia y de la indiferencia. No podemos servir al mismo tiempo a Dios y al dinero. Somos llamados a servir sólo a Dios, como dice el Shema Israel: "El Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas". Y añade el libro del Levítico: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Si ponemos esto en práctica, seremos verdaderamente libres, no nos faltará lo necesario en nuestro hogar y siempre encontraremos en nuestro corazón un lugar para acoger al pobre y al migrante, y compartir con él. Que la Eucaristía de hoy nos ayude a ser misericordiosos como el Padre es misericordioso.

Seminario Menor Pablo VI