Homilía del 29° domingo del tiempo ordinario (16 de octubre de 2016)

            Estamos a mitad del mes de octubre misionero. La Palabra de Dios nos invita a reflexionar sobre las actitudes que necesitamos desarrollar para ser buenos cristianos, discípulos misioneros de Jesucristo. El primer domingo de octubre el Señor nos invitó a tener fe como un granito de mostaza. El domingo pasado el Señor alabó al leproso que había regresado para darle gracias y nos exhortó a decir siempre gracias a Dios y a los hombres. Este domingo el Señor insiste en la oración de súplica: no una oración superficial, sino una oración hecha con confianza y perseverancia.

            La primera lectura, el salmo responsorial y el evangelio nos hablan del tipo de oración que le agrada a Dios. En la primera lectura vemos que los israelitas vencieron a los amalecitas no solamente con la fuerza de las armas, sino con la ayuda de Dios. Mientras los soldados luchaban en el campo de batalla, Moisés tenía en alto las manos, elevando el bastón de Dios que había utilizado para cambiar el agua del Nilo en sangre. Cuando por cansancio bajaba las manos, vencía el enemigo. Esta es una gran lección para nosotros. Lo expresó muy bien el Documento de los obispos latinoamericanos en Puebla, citando un discurso del Papa Juan Pablo II a los Superiores Mayores Religiosos: "Un rato de verdadera adoración tiene más valor y fruto espiritual que la más intensa actividad, aunque se tratase de la misma actividad apostólica. Esta es la ´contestación´ más urgente que los religiosos deben oponer a una sociedad donde la eficacia ha venido a ser un ídolo, sobre cuyo altar no pocas veces se sacrifica hasta la misma dignidad humana" (DP 529). Me acuerdo que la Madre Teresa nos dijo un día: "Si ustedes van al Santísimo y no sienten nada, déjense mirar y amar por Jesús". Me dicen los laicos, las religiosas y los sacerdotes: "Sabe, Monseñor, rezo siempre por Ud." Les agradezco mucho este gesto de solidaridad. Esto me exige dedicar más tiempo a la adoración al Santísimo y a la oración por ustedes.

            Otro gesto muy significativo en este texto del Éxodo  es que, como Moisés no aguantó tener mucho tiempo las manos levantadas, sus ayudantes Aarón y Jur lo hicieron sentarse en una piedra y le sostuvieron los brazos, uno a cada lado. En su oración Moisés necesitó la ayuda de sus hermanos en la fe. Esto indica la solidaridad que hemos de tener los unos con los otros. En vez de criticarlos, de levantar chismes, de destruir su fama o de sembrar división, el Señor nos invita a ser solidarios con nuestros hermanos, en la oración y también en la vida. Eso es ser misericordiosos como el Padre es misericordioso.

            El salmo responsorial es el salmo 121, uno de mis salmos favoritos: "El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra". Es un salmo de confianza en Dios. Él creó el cielo y la tierra, cuánto más le preocupa la suerte de sus hijos: Él nunca nos abandona. "El Señor te guarda a su sombra, está a tu derecha... El Señor te guarda de todo mal, él guarda tu alma". Con este salmo podemos expresar nuestra confianza en Dios.

            En el evangelio de hoy, Jesús completa lo que dijo a sus discípulos cuando les enseñó a orar, especialmente con el Padre Nuestro. Jesús subraya dos cualidades importantes de la oración: primero hay que orar siempre, segundo sin desanimarnos.

            Orar siempre no significa que vamos a pasar todo el día en oración. Hay miles de actividades que tenemos que realizar para responder a las necesidades de nuestra familia y de la sociedad. Pero hay dos momentos claves en el día donde  podemos concentrarnos en la oración: en la mañana para ofrecer al Señor nuestro día y pedirle que seamos testigos de su amor; y en la noche, para agradecerle por las gracias recibidas, para hacer un examen de conciencia y pedirle perdón por los errores que hemos cometido. Si aseguramos estos dos momentos explícitos de oración, todas las acciones que haremos serán vividas al mismo tiempo como una oración.

            Por otro lado, el Señor nos exhorta a orar sin desanimarnos, con la seguridad de que Él siempre escucha nuestras súplicas. Jesús ilustra esta enseñanza con una parábola que presenta dos personajes completamente distintos: por un lado un juez inicuo, que no tiene nada de temor de Dios y a quien no le importan los hombres; un juez que representa los poderes del mundo que no creen en Dios ni en la justicia e ignoran a los que "gritan día y noche". Por otro lado, una viuda que pide que se le haga justicia frente a su adversario. Ella, como es viuda, es una persona débil, sin defensa, sin dinero para pagar abogados o sobornar jueces. A las viudas del tiempo de Jesús se les violentaban sus derechos, estaban expuestas a toda clase de abusos. La viuda de la parábola sólo tiene un recurso: su palabra; es tenaz,  perseverante, hasta necia. Pues el juez injusto, para que ella lo deje de fastidiar, le hace justicia para tener paz y para que no lo abochorne.

            La lección es clara: Si la súplica insistente de la viuda ha logrado que el juez injusto dicte una sentencia justa a su pesar, con más razón Dios que es misericordioso "hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche". Esta parábola encierra, antes que nada, un mensaje de confianza. Dios nos escucha siempre. Los pobres no están abandonados a su suerte. Dios no es sordo a sus gritos. Dios tiene compasión de todos nosotros. Es posible vivir en la confianza y trabajar por la justicia en el mundo. La oración nos hace tomar conciencia del misterio de la presencia de Dios en el mundo y de su acción liberadora en nosotros. Me dijo un día una señora budista en Tailandia: "La meditación me ayuda a encontrar la calma". Ella trabajaba en un centro donde habían muchas niñas abandonadas. Tenía muchas ocasiones de estresarse y de perder paciencia. Había encontrado en la meditación un medio para mantener la calma. Para nosotros, cristianos, la meditación no es simplemente vaciarnos de nuestros deseos y de nuestras pasiones, como en el budismo. La meditación cristiana es una reflexión sobre nuestra vida, pero a la luz de la persona de Jesús, que ilumina nuestro ser y que es el camino para alcanzar la verdad y la vida.

            La pregunta de Jesús: "Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe, como la de la viuda, en la tierra?" En nuestra época en que se enfría la fe a causa de la indiferencia y de la sociedad de consumo, estas palabras nos invitan a ser fieles y perseverantes en la oración, aún en los momentos de silencio de Dios, de aridez y de oscuridad. Necesitamos orar para mantenernos firmes en el seguimiento de Jesús y para dar a conocer con valentía la Persona de Jesús y su mensaje de salvación.

Seminario Menor Pablo VI