Homilías Monseñor Guy Charbonneau

El ministerio que recibirá hoy nuestro hermano Otoniel tiene un gran significado. La palaba diácono quiere decir "servidor". Otoniel será en la Iglesia el servidor de todos, en especial de las personas más pobres y necesitadas.

La primera lectura que hemos escuchado nos recuerda la elección de siete varones elegidos por Dios con la imposición de manos de los apóstoles. En la comunidad cristiana primitiva habían al principio sólo judíos de cultura hebrea y de lengua aramea. Pero pronto se añadió a la comunidad un grupo de judíos de origen griego. Se sentían incómodos dentro de la comunidad, porque sus costumbres eran distintas de las de los judíos de Palestina. Ellos se quejaron de que las viudas de su grupo era discriminadas a la hora de la repartición de la comida. Eso provocó una reunión general de la comunidad. Los doce apóstoles propusieron una solución que fue aceptada por todos: siete varones, de origen griego, fueron elegidos para atender las necesidades materiales de las viudas de su grupo, porque los apóstoles no podían cumplir esa tarea, tenían otro ministerio que les tomaba todo su tiempo: orar y predicar la Palabra de Dios. La institución de los siete varones tuvo también un sentido profundamente espiritual. La comunidad los presentó a los apóstoles, "y éstos, después de orar les impusieron las manos". La imposición de las manos en el Nuevo Testamento significaba la comunicación del Espíritu Santo a la persona. Así se le confería una misión y un ministerio. Gracias a la solución que se encontró en la Iglesia primitiva, "la Palabra de Dios se difundía, en Jerusalén crecía mucho el número de los discípulos, y muchos sacerdotes abrazaban la fe".

Pues esos siete hombres fueron el origen de los diáconos actuales. Se ha enriquecido mucho hoy el sentido de su ministerio. Siguen sirviendo a los más pobres, pero también se dedican a la predicación, asisten al obispo y a los sacerdotes, administran el sacramento del bautismo y del matrimonio y se unen también a la oración oficial de la Iglesia.

En la Iglesia latina, hay diáconos permanentes - aquí en Choluteca no tenemos todavía - y hay diáconos célibes que se preparan al sacerdocio, durante por lo menos seis meses antes de recibir la ordenación sacerdotal.

Los diáconos están en comunión con los sacerdotes y con el obispo para ejercer la misión de la Iglesia. Son como los setenta y dos hombres que fueron enviados por el Señor, además de los apóstoles, para ejercer la misión. Son el fruto de la oración de la comunidad, que toma en serio la exhortación del Señor: "La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de la mies para que envíe obreros a su mies". Ellos predican el Reino de Dios. No es tarea fácil. Encuentran oposición. Jesús les dice: "Vayan, que yo los envío como ovejas entre lobos". También tendrán que ser desprendidos, tener un estilo de vida sencilla y pobre: "No lleven bolsa ni alforja ni sandalias". Tienen que transmitir la paz a las personas y a las familias que encuentren. "Cuando entren en una casa, digan primero: Paz a esta casa". Tienen que visitar a los enfermos y darles la comunión: "Sanen a los enfermos que haya y digan a la gente: El reino de Dios ha llegado a ustedes".

Querido Otoniel que vas a ser ordenado diácono, el Señor te dio el ejemplo: no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida por sus hermanos. Sirve con amor y alegría tanto a Dios como a los hermanos. Ten presente que no puedes servir ningún ídolo, por ejemplo la impureza, el dinero o el poder, porque te harías así esclavo de ellos. Al igual que los siete varones elegidos por los apóstoles para el ministerio de la caridad, no ceses de hacer el bien, lleno del Espíritu Santo y de las cosas de Dios. Conságrate a tiempo completo al Señor: no pierdas mucho tiempo en las redes sociales, más bien si puedes, empléalas para dar a conocer al Señor.

Otoniel, el diaconado es una consagración radical al Señor, porque es el sacramento del orden en su tercer grado. Necesitas ser un hombre decidido, que ha hecho una opción radical y definitiva por el Señor: ¡ni un paso atrás! El Señor lo dijo: "El que ha puesto la mano en el arado y mira atrás no es apto para el reino de Dios". Tienes que seguir en libertad a Jesús. Hubieras podido realizarte en una carrera civil, casarte, tener tus hijos, formar una familia cristiana, ver a los hijos de tus hijos. Pero no! Libremente aceptas entregar al Señor todo tu ser, en todas sus dimensiones, físicas, afectivas y espirituales. Pídele al Señor la gracia de serle fiel. El hombre que se casa con una mujer hace una alianza con ella y promete serle fiel toda la vida. El hombre que se consagra al Señor hace una alianza con Él y promete serle fiel toda la vida. Cuando hagas la promesa del celibato, hazla conscientemente, poniendo toda tu confianza en el Señor, como dice el Salmo 23: "El Señor es mi pastor, nada me falta... Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan".

También harás la promesa de rezar enteramente la Liturgia de las Horas, que es la oración oficial de la Iglesia. No lo tomes como obligación, sino como una forma privilegiada de orar por amor por todas las necesidades del mundo y de la Iglesia. Los salmos abarcan todas las situaciones del ser humano: alabarás al Señor y le darás gracias en nombre de todos; le suplicarás en nombre de los afligidos, de los enfermos y de los pobres; hallarás en los salmos una fuente inagotable de sabiduría para tu ministerio diaconal y luego sacerdotal. Por favor, no dejes tus libros de Liturgia de las Horas engavetados, llenos de polvo y devorados por el comején.

Otoniel, te animo a conservar vínculos muy fuertes con tu familia, que te apoyará siempre. También hoy entras en una nueva familia, la familia sacerdotal. Todos los hermanos sacerdotes y yo te acogemos en esta familia. Recibirás mucho de ella. Te invito a aportarle tus talentos, tus dones, para edificar esta familia sacerdotal, para construir la unidad de esta familia, al servicio del Pueblo de Dios. Dentro de esta familia, en esta celebración, prometerás obediencia a mí y a mis sucesores. Imita en eso a Cristo, que aprendió sufriendo a obedecer. La obediencia nos conduce a la unidad y a la comunión. Formamos en la Iglesia un Cuerpo unido, disciplinado, al servicio del Señor y del pueblo.

Viviendo el misterio de la fe con alma limpia, muestra en tus obras la palabra que proclamas, para que el pueblo cristiano, vivificado por el Espíritu Santo, sea una ofrenda agradable a Dios, y tú, en el último día, puedas salir al encuentro del Señor y oír de él estas palabras: "Bien, servidor bueno y fiel, entra al banquete de tu Señor".