Homilías Monseñor Guy Charbonneau

            La Palabra de Dios hoy nos llama a la conversión. "Conversión" es una palabra que puede parecernos en desuso, pero su realidad profunda nunca deja de ser actual. Si el mundo anda tan mal, es porque no toma en serio la invitación del Señor a cambiar radicalmente su comportamiento.

            El libro de Jonás nos pone como ejemplo a los habitantes de Nínive. Nínive era una gran ciudad sobre el río Tigris, era la capital del imperio asirio. Sus habitantes eran paganos. Eran los enemigos por excelencia del pueblo de Israel. El rey Senaquerib deportó a muchos israelitas a Nínive. Los ninivitas trataron cruelmente a los israelitas que rechazaron su falsa religión. Por eso los profetas Nahún y Sofonías y el libro de Tobías profetizaron la caída de Nínive. Lo mismo Jonás, que empezó a caminar en esa ciudad y a pregonar: "Dentro de cuarenta días Nínive será arrasada". Pero sorpresa: el mensaje de Jonás ha producido lo que él ni se esperaba, ni deseaba. Los ninivitas creyeron en Dios, proclamaron un ayuno y se vistieron de sayal, una prenda de vestir hecha de lana burda. Aún más, la conversión de los ninivitas atrajo la misericordia de Dios, podríamos decir que atrajo la conversión de Dios: "Vio Dios sus obras y que se habían convertido de su mala vida, y se arrepintió de la catástrofe con que había amenazado a Nínive y no la ejecutó". Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Todas las naciones están invitadas al gozo de Dios. Dios está dispuesto a perdonar a todo el mundo. Así pues, este libro de Jonás, que forma parte del Antiguo Testamento, pone a los paganos como un ejemplo de conversión para nosotros, los que creemos en nuestro Señor Jesucristo.

            ¡Cuánto nos cuesta la conversión! Nos encerramos fácilmente en nosotros mismos, en nuestras ideas y en nuestros prejuicios, filtramos todo lo que vemos con nuestros anteojos que deforman la realidad. Con falsos argumentos nos justificamos y no queremos cambiar de vida.

            Sin embargo, en el proceso de la conversión hay dos interlocutores: nosotros y Dios. De parte de nosotros, tiene que haber apertura y lucidez. Tenemos que ser conscientes de nuestros pecados. Tenemos que decir con en el salmo: "Señor, enséname tus caminos, instrúyeme en tus sendas. Haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador".

            De parte de Dios, Él no se queda atrás en este movimiento de conversión. Nos envió a su Hijo Jesús, que se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. "Proclamar" o "predicar" es la actividad principal de Jesús. Primer elemento de esa buena noticia: "Se ha cumplido el plazo". ¿Qué quiere decir esto? Durante mil ochocientos años, a partir de Abraham,  el Señor se ha preparado un pueblo para recibir al Mesías. Ya ese tiempo ha llegado a su plenitud. Comienza una nueva etapa en la historia de la salvación. "Está cerca el Reino de Dios". El Reino de Dios no es un lugar, sino una experiencia de vida. La presencia de Jesús hace cercano ese Reino. Sobre todo con las parábolas Jesús dará a conocer lo que es el Reino de Dios. Con la llegada de Jesús, su vida y su ministerio, su Pasión y su Resurrección, el Reino de Dios se hizo realidad en la historia. La historia que vivimos es una historia de salvación, donde Dios está presente y establece su Reino.

            Jesús prosigue: "Conviértanse y crean en la Buena Noticia". Ciertamente la llegada de Jesús produjo muchas conversiones. Hoy la llamada de Jesús cambia a la persona. Cuando alguien se encuentra verdaderamente con el Señor, a través de un retiro espiritual, a través de un encuentro con un hombre o una mujer de Dios, o después de una vida completamente vacía que le daba asco, esa persona que vuelve a Dios se encuentra de nuevo llena de felicidad, porque se siente habitada por Alguien,  por Jesús, por el Dios de Amor que nos da la vida en abundancia.

            Por eso, la fe está íntimamente ligada a la conversión: "Conviértanse y crean en la Buena Noticia". La fe es la respuesta positiva del hombre a la llamada de Dios. Es una respuesta llena de confianza. Es una respuesta sin condiciones, a ejemplo de los discípulos que dejaron todo, sus seres queridos - sus padres - y sus bienes materiales - sus redes y  su barca -, para seguir al Señor y ser sus discípulos misioneros.

            Seguir a Cristo significa trabajar en la transformación del mundo, pero sin hacer de las cosas y de las personas un absoluto de nuestro corazón y de nuestra entrega. Es lo que nos quiere dar a entender la segunda lectura, tomada de la primera carta de san Pablo a los corintios. Nos dice: "El momento es apremiante... la apariencia de este mundo se termina". Este mundo tiene dos características: es pasajero y se acabará. San Pablo nos invita a ser vigilantes de manera permanente ante las realidades de este mundo, lastimado por la injusticia, la violencia, la mentira y la corrupción. Sólo hay un Dios, un Absoluto, a quien debemos adorar: Dios es la finalidad, el objetivo de nuestra vida. Todo lo demás es medio para alcanzar a Dios: el matrimonio y la familia, los sentimientos de tristeza y alegría, el consumo y el dinero. Todo esto tiene que ordenarse hacia la salvación definitiva de Dios.

            Esta conversión a la cual nos exhorta el Señor se puede vivir en las actitudes descritas por el Papa en su viaje a Chile y Perú y por la Conferencia Episcopal de Honduras en su reciente carta a Juan Orlando Hernández y Salvador Nasralla: buscar caminos de diálogo, porque nada se pierde con el diálogo, todo se pierde con la violencia; buscar caminos de apertura, para descubrir en el otro unos rasgos de verdad, de autenticidad y de justicia; buscar caminos de paz, para construir puentes que nos unen y no muros que nos separan; buscar el bien común, o sea que por nuestras acciones favorezcamos el desarrollo integral de las personas y de la sociedad.

            Las reacciones positivas que ha tenido la sociedad a la carta de la Conferencia Episcopal son un buen augurio de lo que podemos alcanzar como sociedad para salir de esta crisis: nos indican un camino para dialogar, que nos conducirá a una sociedad más justa, más fraterna y más solidaria. Les invito a intensificar su oración en las parroquias, en las comunidades, en los movimientos, en las familias, para que el diálogo y la paz prevalezcan en los días y semanas que vienen.