Homilías Monseñor Guy Charbonneau

            El evangelio de hoy es la continuación del evangelio del domingo pasado, donde Jesús proclamó la Buena Nueva del Reino de Dios y llamó a sus primeros cuatro discípulos. El evangelio que acabamos de leer se sitúa en una sinagoga, casa de oración de los judíos, donde Jesús enseña el día sábado. No enseña a la manera de los maestros de la ley, que repiten, interpretan, dan su opinión apoyándose en la opinión de otros o contradiciéndola. Jesús habla con autoridad: "Han oído decir tal o tal cosa. Pues yo les digo...". Por ejemplo en Mateo 5, 27-28: "Ustedes han oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo les digo: Quien mira a una mujer con malos deseos, ya cometió adulterio en su corazón".

            La autoridad de Jesús se manifiesta no sólo en lo que dice, sino también en lo que hace. Un hombre que está en poder de un espíritu inmundo entra en la sinagoga. "Espíritu inmundo" era el término para designar a un demonio verdadero o un desarreglo del espíritu humano, o ambas cosas. El espíritu del mal divide a la persona y a la comunidad, destruye la unidad que existe entre todos, introduce la cizaña; por ej. en un matrimonio suscita la infidelidad y los celos; en una familia pone barreras para que no haya diálogo; en una comunidad, suscita la rivalidad entre un grupo y otro.

            Aquí el espíritu del mal quiere hacer fracasar el proyecto de Jesús. El demonio grita lo que Jesús no quiere que se diga por el momento, sino en la hora de su pasión. "¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú, el Santo de Dios". Jesús inmediatamente le ordena con autoridad: "Cállate y sal de él." "El espíritu impuro sacude al hombre, dio un fuerte grito y salió de él." La ley de Moisés no podía liberar a los judíos de los espíritus inmundos. Jesús, que viene a perfeccionar la ley, es quien tiene autoridad para liberar a los hombres del mal y traer la auténtica comunión con Dios. Entonces, desde el principio de su evangelio, san Marcos presenta la lucha de Jesús contra los poderes que oprimen a la humanidad, y contra Satanás, príncipe y autor del pecado. Será una lucha sin tregua, que irá creciendo a lo largo del ministerio de Jesús, y que desembocará en la victoria aparente de Satanás en la Pasión y la muerte de Jesús en la cruz. Pero el mal no tiene la última palabra. Dios resucitará a Jesús al tercer día, y esperamos la victoria definitiva de Jesús sobre el mal en cada uno de nosotros, sus miembros.

            Nosotros, cristianos católicos, estamos involucrados en esa lucha. Nuestro bautismo nos ha hecho discípulos misioneros de Jesús. Nuestra confirmación nos ha llenado de la presencia y de la fuerza del Espíritu Santo. Pero tengamos mucho cuidado. Hay gente que se somete fácilmente al espíritu del mal. Hay gente que rinde culto a Satanás. También hay gente que va a consultar un brujo cuando tiene un problema. No podemos jugar con Dios y con el diablo al mismo tiempo. No podemos tener componendas con el diablo. Él es más inteligente, sobre todo más astuto que nosotros, y terminará hundiéndonos. Hay que confiar solamente en Jesús.

            Jesús es el profeta que anunció Moisés en la primera lectura. Enseña una doctrina nueva, con mucha autoridad. Su vida coincide con su palabra. Hay un dicho que reza así: "Entre el dicho y el hecho hay todo un trecho". En Jesús no hay ningún trecho entre el dicho y el hecho. Hay en Él una coherencia perfecta entre sus palabras y sus acciones. Como profeta, habla en nombre de Dios, por eso su presencia nos desinstala a veces y sacude nuestra comodidad. Sólo confiando en Jesús encontraremos la paz en nuestra alma, la paz en la familia y la paz en la sociedad. El sacramento del bautismo nos hace participar de la misión  profética de la Iglesia. Hay gente que se dice profeta. No es fácil ser profeta hoy. Hace falta una coherencia de vida; hace falta ser fiel a la Iglesia, a su doctrina y a su enseñanza moral; hace falta ser dócil al Espíritu Santo; hace falta obedecer a la autoridad de la Iglesia, al Papa y a los obispos. Hoy hay muchos falsos profetas, que enseñan cosas distintas de la enseñanza tradicional de la Iglesia y que dividen a la gente en vez de unirla. Hay buenos católicos que caen fácilmente en las garras de esos falsos profetas. Tenemos que pedir al Señor el don del discernimiento, para discernir entre los verdaderos y los falsos profetas.

            Vivimos en un mundo donde coexisten el bien y el mal. La división entre el bien y el mal pasa en medio de nosotros. Hemos vivido esta semana acontecimientos positivos, que suscitan la alegría y la unidad. Por ej. en la entrega de credenciales para los alcaldes del departamento de Choluteca, una niña hizo dos declamaciones que llamaron la atención de los alcaldes y les mostraba un camino de conducta moral. Hemos vivido también momentos de tensión, de indignación, por ej. el rechazo a la impunidad y a la corrupción, tan impregnadas en nuestra sociedad. Desde la niñez, los padres de familia tienen que enseñaron a sus hijos el valor de la honestidad y del respeto. Cristo nos llama a luchar con él, bajo su estandarte, con decisión, con responsabilidad y con perseverancia. Él mismo nos dijo: "Con su perseverancia ustedes salvarán sus almas" (Mateo 10,22).

            Oremos por nuestras autoridades civiles, para que se dejen guiar por el Espíritu Santo y actúen conforme a la voluntad de Dios y respondan a las necesidades del pueblo.

            En esta Eucaristía de amor, démosle gracias al Señor por el don de Su Cuerpo y de Su Sangre. ¡Que Él nos ayude a vivir como testigos de la luz y agentes de reconciliación en nuestra sociedad!