Homilías Monseñor Guy Charbonneau

            La lepra es una enfermedad contagiosa que ha sido casi eliminada en el mundo. Sin embargo subsisten lugares donde existe todavía. Es una enfermedad de la piel, ocasionada por el bacilo de Hansen, que se presenta en forma de manchas blancas, con pérdida de sensibilidad, y que es contagiosa. En el Antiguo Testamento, la Ley de Moisés había decretado que, para protegerse de esa enfermedad, se tenía que aislar a la persona de la comunidad. El que contraía la lepra era considerado como impuro, legal y socialmente. Mientras le duraba la lepra, el leproso tenía que vivir solo y fuera del campamento. La lepra era la mayor exclusión social y, al mismo tiempo, una enfermedad que sólo Dios podía sanar.

            Pues en el evangelio de hoy quedaron abolidas esas barreras. Un leproso se acerca a Jesús. Es atrevido, no hace caso de la Ley que prohibía todo acercamiento del leproso a una persona sana. Luego se pone de rodillas ante Jesús. Cuando alguien se pone de rodillas ante otro, es porque reconoce su autoridad, como por ejemplo un hijo que pide perdón a su padre. El leproso reconoce a Jesús como el enviado de Dios. Es bello el diálogo que se entabla entre el leproso y Jesús. El hombre le suplica a Jesús: "Si tú quieres, puedes limpiarme". Le hace esa súplica desde el fondo de su corazón, porque no halló remedio a su enfermedad. Es humilde, no reclama la intervención de Jesús como si fuera un derecho. "Si quieres... puedes limpiarme". Reconoce en Jesús el que tiene el poder de Dios para curarlo.

            Jesús siente compasión de él. Jesús es el rostro misericordioso del Padre. No rechaza al leproso, no se aleja de él. Extiende la mano y lo toca. Toca lo intocable, contra todas las prescripciones de la Ley. Para Jesús, la Ley está hecha para el hombre, y no el hombre para la Ley. Y Jesús responde a la petición del enfermo: "Yo quiero: queda limpio". Jesús, en lugar de quedar contaminado, le comunica al hombre su propia pureza. Y lo despide, para que sea reintegrado a la comunidad y así queden abolidas las fronteras que dividen a los hombres. Y le encarga severamente que no se lo diga a nadie. ¿Por qué? Jesús en san Marcos, no quería ser proclamado como Mesías en esa etapa de su ministerio, para que la gente no fuera a considerarlo como un Mesías político, con el peligro de hacer fracasar el carácter esencialmente religioso de su proyecto de salvación.

            Pero el hombre curado no sólo fue a presentarse al sacerdote para que constatara su curación, sino que también empezó a divulgar ese hecho con mucho entusiasmo. Era un testigo vivo de la obra liberadora de Dios. Anunció que había sido objeto de un milagro de Jesús. Así pasa cuando una persona ha sido beneficiaria de una gracia de Dios: lo comunica a diestra y siniestra. Podemos pensar en una curación física, por ejemplo alguien que ha sido curado por intercesión de algún beato o santo. También hay curaciones espirituales, por ejemplo cuando uno es perdonado de sus pecados en el sacramento del perdón: uno se siente totalmente renovado.

            Sin embargo, la divulgación del hecho tuvo como consecuencia que Jesús tuvo que quedarse fuera, en el desierto. No podía entrar abiertamente en ningún pueblo.

            En este relato, Jesús nos revela que la misericordia del Padre derriba las fronteras legales y sociales que los hombres establecemos entre puros e impuros, entre bueno y malos, entre blancos y negros, y entre los colores políticos. Dios quiere que vivamos como hermanos, a la manera de san Pablo, no buscando nuestro propio bien, sino el de los demás, para que todos se salven.

            Hoy es la vigésimo sexta Jornada Mundial del Enfermo. El Papa nos ha enviado un mensaje, del cual quiero destacar las siguientes afirmaciones:

- La caridad de los cristianos tiene que dirigirse a todos los necesitados, simplemente porque son personas, hijos de Dios. No podemos hacer discriminaciones contra nadie, cuando se trata de atender a algún necesitado.

- La Iglesia trata de cuidar, incluso cuando no puede sanar. Se trata de respetar en su dignidad a la persona enferma y ponerla siempre en el centro del proceso de curación. No se puede reducir a la persona enferma a un número de expediente. Hemos de tratarla como persona, con respeto.

- La pastoral de la salud es una misión necesaria y esencial. Empieza en la familia de la persona enferma. El Papa alaba la atención, brindada con ternura y perseverancia, a la persona enferma por sus familiares. El cuidado de la persona enferma se tiene que extender también a todo el personal que labora en el mundo de la salud, para humanizar el mundo de la medicina.

            En esta Eucaristía, démosle gracias al Señor por su inmensa generosidad hacia nosotros, porque siempre nos cura de la lepra del pecado y nos pone en pie, para proclamar su misericordia, como lo hizo el leproso curado y como lo hizo la Virgen María: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava". Sigamos orando para que reine la justicia en nuestro país y en consecuencia, que disfrutemos de una paz verdadera y duradera.