Homilías Monseñor Guy Charbonneau

            ¡Cristo ha resucitado! ¡Cristo vive! Ésta es la buena noticia de este domingo que tiene que llegar a todos los rincones del mundo. ¡Felices Pascuas! Hoy resucita nuestra esperanza, se ve transfigurada por la luz de Cristo. Nuestra fe en la Resurrección del Señor se fundamenta en la fe de los Apóstoles y de los testigos que él, de antemano, ha escogido: a ellos que han comido y bebido con él después de que resucitó de entre los muertos. Lo afirma Pedro en la primera lectura y lo viven los discípulos de Emaús, como nos lo acaba de contar san Lucas en su evangelio.

En este evangelio, tenemos una magnífica catequesis que nos muestra cómo Jesús se hace presente en nuestra vida. Se dan cuatro pasos: 1) el caminar y escuchar; 2) la iluminación con la Palabra de Dios; 3) el compartir en comunidad; 4) la salida para la misión.

El primer paso es el ver, caminar y escuchar. El mismo día de la Resurrección, dos de los discípulos caminaban hacia el pueblo de Emaús, situado a once kilómetros de Jerusalén, y comentaban con tristeza la pasión y la muerte de Jesús. Jesús se les acercó y se puso a caminar con ellos durante bastante tiempo. Ellos no lo reconocieron. Y como muchas veces hizo Jesús en el evangelio, les preguntó: "¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?" Uno de ellos, Cleofás, explicó el motivo de su tristeza. Para ellos, Jesús había sido un profeta poderoso en obras y palabras. Pero no había sido aceptado por las autoridades religiosas, que lo entregaron para que fuera condenado a morir en una cruz. Estaban totalmente decepcionados. Su esperanza de que fuera el libertador de Israel se fue para abajo completamente. Para ellos, Jesús había muerto definitivamente y había sido sepultado. Les parecía chisme lo que contaban algunas mujeres, que la tumba estaba vacía, y que unos ángeles les habían dicho que Jesús estaba vivo. Igual algunos de sus compañeros. Las fuerzas de la muerte habían matado en ellos la esperanza.

El segundo paso es la iluminación con la Palabra de Dios. Jesús les recordó de memoria todos los pasajes del Antiguo Testamento que se refieren al Mesías, un Mesías que tenía que padecer mucho para entrar en su gloria. Recordemos aquí los profetas como Isaías, Jeremías, Zacarías, y los salmos de súplica, que narraban los sufrimientos de los justos en mano de los pecadores. Pero Jesús no les recordaba fríamente esos textos. Los vivía realmente. Por eso, el corazón de ellos ardía mientras lo escuchaban.

Nosotros también necesitamos la luz de la Palabra de Dios para iluminar nuestra vida y hacer arder de nuevo nuestro corazón, muchas veces enfriado por tantas pruebas, tentaciones y pecados. Estos no son solamente una debilidad, sino también una oportunidad que Dios nos da para reflexionar, recapacitar y cambiar. Una palabra de Jesús, un episodio de su vida, con la ayuda de alguien para discernir lo que Dios quiere para nosotros, puede hacer la diferencia.

Tercer paso: el compartir en la comunidad. La Palabra de Dios, de por sí, no ha logrado abrir los ojos de los dos discípulos. Lo que les abrió los ojos fue la fracción del pan, la celebración de la Cena del Señor, ahí en la posada. "Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron". El gesto de la fracción de pan, además de significar la Eucaristía, significa el compartir en fraternidad, el construir la comunión. La Eucaristía construye la Iglesia.

Cuarto paso: la salida para la misión. "Ellos se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén". ¡Qué contraste con el viaje de ida, que se les había parecido pesado, porque estaban desechos, sin esperanza! Ahora van caminando rápido, de vuelta a su punto de partida. Hubieran podido quedarse en Emaús descansando y el día después regresar a Jerusalén. Pero no! Era tanta su alegría que tenían que comunicar a los Apóstoles que Jesús estaba vivo, que ellos lo habían escuchado y lo habían reconocido al partir el pan. Del gozo del encuentro con Jesús brota el misionero, testigo alegre de la vida que regala el Resucitado. Así pasa cuando estamos agarrados por la misión, cuando no logramos dormir porque un hermano anda lejos de Dios, cuando no descansamos hasta satisfacer la necesidad de una hermana. La misión necesita misioneros desprendidos, que apuestan todo por Jesús y dejan lo demás por atrás.

Aquí tenemos en esta Eucaristía a más de 40 hermanos y hermanas de México y Guatemala, que son misioneros laicos Portadores del Pan de la Palabra, que han recorrido nuestras parroquias y nuestras comunidades para predicar el Evangelio, formar comunidades cristianas, fomentar el compromiso cristiano, suscitar vocaciones a la vida sacerdotal, religiosa, laical o misionera a partir de la Palabra de Dios. Están coordinados por la Hermana Berta, de la Congregación de las Hermanas Servidoras de la Palabra. Ellos han hecho un trabajo extraordinario. Quiero agradecerles de corazón. También quiero invitarlos a Uds. queridos feligreses a desarrollar un espíritu misionero; tenemos que desinstalarnos más, sacrificar tiempo, energía, dinero, para dedicarlo a Dios y a la evangelización de tantas personas que no han experimentado la presencia de Dios en su vida. Es fácil acomodarnos, el Papa nos lo dijo en su primera Exhortación Apostólica "Evangelii Gaudium". Por eso, mi mayor deseo es que surjan iniciativas misioneras en nuestras mismas parroquias, con nuestra gente de aquí, para vivir con intensidad el Mes Misionero extraordinario en octubre de este año, como nos lo pidió el Papa.

Finalmente, esta Eucaristía de resurrección es una acción de gracias a Dios Padre, que ha resucitado a su Hijo Jesús y nos da fuerza para buscar los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios. No nos dejemos distraer por unos gozos pasajeros, muchos de los cuales nos traen sólo desgracia. Sigamos a Cristo resucitado, a Cristo que vive y nos hace colaboradores suyos en la misión que nos encomienda.